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Guía en el camino

VIII Domingo Ordinario C (Lc 6, 39-45)

Les dijo también una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?”


Reflexión

El fin de semana pasado participé en una peregrinación muy interesante. Caminamos 70km en menos de 2 días, para llegar a Ciudad Barrios, la tierra natal de nuestro primer santo salvadoreño. A veces en nuestras vacaciones también hacemos paseos de 7-8 horas caminando. Claro, siempre he preferido un día en la playa a una caminata de esas, pero también disfruto ese tipo de paseos. De hecho, me encanta escalar montañas o caminar en medio del bosque: es toda una aventura.

Pero en estas aventuras siempre hay un peligro: perderse. Para eso existen los guías, que ya conocen el camino, o un mapas o un GPS. Una de las experiencias más frustrantes en la vida es cuando uno está cansado, hambriento y sediento, lejos de casa… y uno no sabe cómo regresar. Pasa… a veces pasa…

Igual nos puede pasar en la vida espiritual. Podemos encontrarnos sin guía. Por eso, la Iglesia siempre ha promovido la dirección espiritual, la confesión, el ser parte de una comunidad. Solos, es más fácil perder la vía. Allí tenemos todos estos medios que nos pueden ayudar a mantenernos en el camino correcto hacia el cielo.

Aunque creo que hay una cosa pero: creernos guías experimentados y perfectos, cuando andamos igual de perdidos que Adán en el día de las madres (con todo respeto por Adán). Y con esto no me refiero a dar consejos, a compartir nuestras experiencias, a transmitir a los demás lo que el Señor me va diciendo en la oración. Todo eso está muy bien; sigámoslo haciendo. El problema está cuando se me sube a la cabeza y quedo cegado por mi orgullo. Ya no motivo, sino que critico. No inspiro hacia la santidad, sino que desanimo. No enseño lo bueno, sino que ventaneo lo malo de los demás.

Cristo no vino a echarnos en cara nuestras culpas, sino a perdonárnoslas, a morir por nosotros en la cruz para resucitar y darnos una nueva vida. No seamos como el mundo y el demonio, que viven de lo malo de otros. Sigamos a nuestro modelo, Jesucristo: Él no tenía pecado y podría haber lanzado la primera piedra… pero decidió perdonar y darle alas a un alma necesitada para que volara hacia el cielo, hacia su Padre. (cf. Jn 8,1-11)

Foto: @LuisRodriguezLC

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